
Veamos: hoy es lunes y se supone que ayer por la mañana debía escribir sobre mi regreso al deporte. Me lo había propuesto el sábado en la tarde, cuando hacía un rato consolaba a un primo que sufría de problemas amorosos, pero eso es otro tema. Lo que puedo decir ahora es que me di cuenta de que no soy lo suficientemente invulnerable como para no hacer lo que el resto de la gente hace en internet: crear un blog, fotolog, flickr y cuánta cosa hay. Por lo menos me mantengo sin celular.
La cosa es que hace un tiempo me propuse dejar de ser víctima del sedentarismo que me envuelve no sólo a mí, sino a todo mi entorno y quizás al mundo entero. Por más que quisiera jugar una pichanga, nadie me acompañaría, pues hoy nadie corre; sólo la humanidad, quizás por eso es que se tropieza a cada rato, pero me parece que este punto también es otro tema.
Sin más, hace unas dos semanas, o tres, mi bicicleta estaba en mantenimiento para poder ser usada después de ocho años, no, perdón, nueve años. Luego de que el caballero hiciera su magia para centrar la rueda, arreglar los cambios, parchar las llantas y engrasar la cadena, mi bici estaría lista para recorrer por primera vez las calles de Santiago. Sí, porque cuando la montaba no salía de los pasajes de mi barrio, mis padres no me dejaban... era peligroso. Sin embargo ahora la cosa sería distinta, mis 21 años, mi más que incipiente barba y mi buen criterio me permitirían salir sin problemas de las rejas que separan el lugar donde vivo del canal que cruza esta comuna.
Pasaron días y la bicicleta estaba donde mismo había estado pero ahora se mostraba impecable. Al parecer, ni mi hermana y yo habíamos digerido la idea de volver a tenerla. Pero como el sedentarismo ahora era un vicio que pretendía erradicar, se me ocurrió salir en ella para ver a un amigo que vive en Providencia con Tobalaba. Igual lejos.
Agarré el discman, en mi mochila metí un chaleco y me guardé la uñeta en mi bolsillo trasero. De ñurdo, me costó ponerle play al Kid A, pero una vez que le apunté, mi viaje por fin comenzaba, con el antishock todo estaría bien.
El viaje duró 40 minutos más o menos, llegué a su casa cuando estaba sonando Idioteque. Se hizo muy largo y pesado: la vereda era dispareja y había que estar saltándolas a cada rato, en la calle las micros eran hostiles y me obligaban a tambalear en mi temerosa pedaleada, los semáfaros no me tocaron siempre verdes y los perros por momentos fueron una real amenaza. Me pude haber sentido un espaldamojada, pero habría sido injusto.
Tuve que quedarme a dormir, el cansancio era considerable. Escuchamos música, comimos sanguches, comparamos qué tan mala podía ser la dorada al lado de la báltica y le bolseé la cama a mi compañero, debía procurar tener un grato descanso.
Pero al otro día la mañana amenazaba chispiante, hacía frío, los muslos no dolían raramente. El Jero se fue a la Feria del Libro, y yo de nuevo ñurdo para darle play al discman. Sin desayunar comencé el pedaleo sufriendo del romadizo que me corría por lo fresco de la mañana. Tobalaba estaba cuesta arriba y las veredas de este lado eran tan disparejas como del otro, así que capeé el esfuerzo arrimándome a una minimaratón que me permitiría andar por las calles ajeno a la hostilidad de los conductores. Cada cierto rato aparecía un competidor y tras él otro y otra. Los pacos en cada esquina velaban por el orden en el asunto y yo seguía disminuyendo la distancia hacia el regreso.
Grecia con Tobalaba, el mismo disco pero ahora sonaba Morning Bell, ya que me había retrasado unos cinco minutos. Mi papá me pregunta cómo me fue, mi espalda ahora no la bañaba el sudor, sino el barro que me salpicó la rueda trasera. Le dije que todo estaba bien, que estuvo divertido y que estaba hambriento. Me preparé unas tostadas y un café con leche, tenía hambre, esa hambre de exhausto que hace mucho tiempo no tenía, porque tiempo ha pasado desde la última vez que nadé contracorriente, y es que he vuelto a sobreponerme a los vicios del entorno; bueno, aunque tenga un blog.
Ahora dejaré de fumar.
